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Nombre: María Antonia Deolinda Correa
Día: 1ro de Noviembre
Asuntos: Amor, Pareja, Fidelidad, Casa, Familia, Hogar, Transportes
 
 
 

Oh bendita y milagrosa Difunta Correa!

Protectora de los desamparados que sufren y lloran, ruegote te dignes a escuchar mis oraciones y súplicas, y que por intermedio de nuestro Señor Jesucristo me concedas la gracia que hoy te solicito en mi oración muy humildemente
(hacer el pedido aquí),
y me protejas en los difíciles caminos de la vida. Dios te salve María llena eres de gracia el señor es contigo, bendita tu eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre jesus, Santa MarÍa madre de Dios ruega por nosotros los pecadores ahora y en la hora de nuestra muerte,

Amén

Deolinda Correa vivó durante las luchas internas entre Unitarios y Federales. Ella ayudaba a los soldados curando heridas, alimentando a los más desposeídos y auxiliando en cuanto pudiera en la batalla de Angaco, una de las batallas entre federales y unitarios.

Su esposo, Baudilio Bustos, fue reclutado para luchar a las órdenes de Facundo Quiroga, caudillo de la provincia de La Rioja, en el año 1835. Fue llevado forzadamente allí dejando a su esposa y pequeño hijo en San Juan. María Antonia Deolinda Correa, sufría porque presentía que no lo volvería a ver más, además del horror que se vivía por esos años durante la guerra civil argentina, la desesperanza y la ausencia de su amado esposo, hizo que tomara la desición de ir a La Rioja a reunirse con él, a costa aún de tener que cruzar una gran distancia entre San Juan y La Rioja.

Se vistió con un vestido de color rojo, guardó en un baúl, ropas suyas y del bebé, vistió al pequeño y se fue caminando. Pidió consejo a un anciano que conocía la ruta que iba hacia La Rioja y éste le recomendó que fuera siempre hacia el este, bordeando los algarrobos que allí crecen hasta llegar al valle fértil. Ese era un lugar donde el agua hacía crecer hermosa vegetación plena de flores, un lugar de descanso, pero desde allí podría llegar a su destino. Antes, debería cruzar una enorme zona árida, donde no crece nada, salvo alguna planta del desierto.

Caminó 62 kilómetros, con su valija a cuestas, su pequeño hijo, con sed, hambre y soportando el viento helado de las montañas. Caminó hasta quedar exhausta, ya no pudo más seguir y allí en un lugar inhóspito cayó sin fuerzas a merced de la naturaleza y de Dios que se apiadaría de ella y su hijo. Días después, unos gauchos pasaban por aquellos parajes y viendo que sobre una loma revoloteaban un grupo de buitres al compás del llanto de un bebé, se acercaron y descubrieron una triste e inolvidable escena. Una mujer muerta desde hacía varios días, aún amamantando a su hijo.

Los hombres recogieron al pequeño y sepultaron a la mujer construyendo con ramas gruesas una cruz escribiendo el nombre de Difunta Correa, porque en su cuello llevaba una medalla con ese apellido. Se fueron a Caucete, el pueblo más cercano y allí se conoció la historia que causó tanta pena, aflicción y asombro entre los pobladores.

La historia del milagro se esparció velozmente y poco a poco se fue convirtiendo aquel paraje en lugar de peregrinación de todos aquellos que vieron en ese hecho la mano de Dios.